A través de un translador en forma de silla, que resplandece al decir unas palabras mágicas, me he desplazado hasta el asiento de un columpio de otro planeta azul.
Allí la gente es como aquí, salvo una pequeña diferencia: tienen las uñas pintadas de azul, pero no creo que nadie vaya discriminarles por eso. También tienen algunos pequeños poderes que les ayudan en su vida cotidiana, pero nada del otro jueves. La verdad es que me siento afortunada por haber tenido la oportunidad de conocer otro lugar diferente a la Tierra y a la vez tan parecido.
Si hiciera saber al resto de la humanidad que un planeta así existe, se avanzaría en la ciencia, podríamos establecer lazos de ayuda interplanetaria y ya no tendríamos esa sensación de soledad en el universo.

Ayer hice mi último viaje. Decidí pintarme las uñas de azul e ir a la playa como un habitante más. Supongo que hice alguna cosa impropia de alguien que tiene los poderes del planeta porque noté como un grupo de chicas me miraban de forma extraña y poco amigable. Fue entonces cuando comprendí que nunca podría compartir este lugar.
Sólo tenía que mirar cómo es nuestro propio planeta azul para entender que ni ellos ni nosotros estamos preparados para un hallazgo de tal magnitud. Añadir nuevos miedos y odios, brindar un nuevo territorio susceptible de conquistas, agravar las luchas por el poder y disponer de otro lugar para la degradación del medio ambiente sería un tremendo error.
De momento, he decidido no utilizar más la silla mágica, sería demasiado riesgo y no quiero sentirme culpable de la muerte de un planeta, con uno ya tengo bastante.